Internacional

La guerra en Ucrania pone a prueba la precaria estabilidad de Medio Oriente

BARCELONA.– De una u otra forma, los efectos de la guerra en Ucrania se dejarán sentir en todo el mundo, pero en grados e intensidades muy diferentes. Después de Europa, la región donde el conflicto bélico puede tener un mayor impacto es Medio Oriente y el Norte de África, que parecía haber recuperado una cierta aunque precaria estabilidad después del atribulado periodo abierto por las llamadas “primaveras árabes” de 2011.

Hasta que Vladimir Putin decidió inesperadamente patear el tablero en Ucrania, el principal escenario de la pugna entre Washington y Moscú por hegemonía regional era Medio Oriente y países de su entorno. Los fiascos en Irak Afganistán habían provocado una cierta retirada política y militar estadounidense de una zona considerada clave durante la Guerra Fría, lo que fue astutamente aprovechado por Putin para ganar posiciones en lugares como SiriaLibia o el Golfo Pérsico.

Un hombre sostiene una bandera egipcia mientras el sol se pone en una protesta masiva antigubernamental en la Plaza Tahrir el 30 de enero de 2011 en El Cairo, durante la llamada "primavera árabe"
Un hombre sostiene una bandera egipcia mientras el sol se pone en una protesta masiva antigubernamental en la Plaza Tahrir el 30 de enero de 2011 en El Cairo, durante la llamada “primavera árabe”

Un hombre sostiene una bandera egipcia mientras el sol se pone en una protesta masiva antigubernamental en la Plaza Tahrir el 30 de enero de 2011 en El Cairo, durante la llamada “primavera árabe”

De momento, la mayoría de países de la región han optado por la cautela, con la excepción de aquellos claramente alineados detrás de Washington, como Jordania, o bien de Moscú, como Siria, uno de los cinco países que votó en la Asamblea General de la ONU en contra de condenar la invasión rusa. Ha sorprendido especialmente la tibia reacción de las principales petromonarquías del Golfo, Arabia Saudita y Emiratos Árabes, lo que demuestra la erosión de su tradicional alianza con Estados Unidos.

El resultado de la pugna entre Washington y Moscú, que se enmarca ahora en un mundo multipolar que otorga una renovada influencia a otras potencias como China, dependerá de cómo se resuelva la guerra. Si Rusia sale mal parada de Ucrania, con su poderío militar seriamente cuestionado, es muy probable que los países que se han acercado a Putin durante los últimos años, incluido el Egipto de Al-Sisi, hagan un viraje en dirección a Washington, o quizás hacia Pekín. De momento, ya a corto plazo, la influencia rusa puede menguar si se ve obligada a retirar sus tropas de la región para enviarlas a combatir a Ucrania.

Un tema que se ha visto directamente afectado por las hostilidades en Ucrania es la negociación sobre el programa nuclear de Irán. Algunas señales indican que las negociaciones para resucitar el acuerdo que introducía límites al desarrollo nuclear iraní a cambio de levantar las sanciones patrocinadas por Estados Unidos podría estar muy cerca del éxito. El presidente Joe Biden ya ha limado asperezas con el régimen de Nicolás Maduro para buscar alternativas a la provisión de combustibles fósiles de Rusia y frenar así el crecimiento imparable de la inflación, de radioactivas consecuencias políticas en Occidente. Algo parecido parece dispuesto a hacer con Irán, otra de las tradicionales “bestias negras” de Washington.

Sin embargo, el impacto más trascendental del conflicto en Ucrania podría ser mucho más prosaico que los alambicados equilibrios de poder en las cancillerías internacionales: el desabastecimiento de productos básicos en la dieta de la región. La lucha en Ucrania no solo ha provocado el encarecimiento de los combustibles, sino también de otros productos en los que Ucrania y Rusia representan una amplia cuota del mercado mundial, como los fertilizantes y sobre todo los cereales. Y ello afecta a los países que son más dependientes de estas importaciones, muchos de ellos pertenecientes al mundo árabe, una zona que concentra el 23% de la población mundial con problemas de desnutrición.

Por ejemplo, los más de 100 millones de egipcios dependen de la adquisición en el mercado intencional de trigo para poder producir el “aysh” (“la vida” en árabe clásico), que es la palabra para designar el pan en el dialecto egipcio. En concreto, entre un 60% y un 70% de las compras de grano de El Cairo provienen de Ucrania y Rusia. Además, la actual crisis alimentaria se superpone a la económica derivada de la mala gestión de la dictadura militar y del impacto del Covid, lo que ha llevado a El Cairo a negociar de forma urgente un crédito con el FMI.

Campesinos en plena cosecha de trigo en Tbilisskaya, Rusia, en julio del 2021. Ucrania y Rusia son responsables de un tercio de las exportaciones mundiales de trigo y cebada. (AP Photo/Vitaly Timkiv, File)
Campesinos en plena cosecha de trigo en Tbilisskaya, Rusia, en julio del 2021. Ucrania y Rusia son responsables de un tercio de las exportaciones mundiales de trigo y cebada. (AP Photo/Vitaly Timkiv, File)

Campesinos en plena cosecha de trigo en Tbilisskaya, Rusia, en julio del 2021. Ucrania y Rusia son responsables de un tercio de las exportaciones mundiales de trigo y cebada. (AP Photo/Vitaly Timkiv, File)

La dependencia del trigo ruso y ucraniano es también muy fuerte en otros países como Túnez, Marruecos o Líbano, que allí adquiere el 80% de sus necesidades. En una región con una larga historia de “revueltas del pan”, muchos gobiernos subvencionan el precio de este producto básico, pero la galopante inflación puede provocar que sus maltrechas arcas no puedan continuar asumiendo ese coste. Y es que la prohibición de la exportación de grano decretada por Kiev se suma a otros factores que ya habían contribuido al aumento de los precios: la crisis de abastecimiento por la disrupciones en la logística mundial a causa del Covid, el encarecimiento de combustibles y fertilizantes, etc.

Un dato ayuda a entender lo comprometido del momento: no se registraba un aumento de los precios de los alimentos tan pronunciado desde 2010. Y muchos analistas vincularon el malestar que desencadenó en las “primaveras árabes”, y la consiguiente caída de varios regímenes, a la escasez de alimentos. La estabilidad de Medio Oriente pende de un hilo, el que se ha roto entre Kiev y Moscú.

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