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Samuel García y Mariana Rodríguez, la pareja que se empeña en avergonzar a Nuevo León

Samuel García y Mariana Rodríguez no han terminado de decepcionar a sus votantes. Hay que reconocerles, eso sí, que hacen esfuerzos titánicos todos los días. Porque incluso aquellos actos que sus fans intentaron aplaudirles, como haber “adoptado” a un bebé durante tres días, ahora sirven para evidenciar la ignorancia que anida en una de las parejas más mediáticas de México. Por conducto de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Nuevo León (CEDH), García y Rodríguez recibieron una amonestación y el DIF, dependencia que permitió la adopción, deberá pagar una reparación de daños al infante vía fideicomiso.

Como se ha recordado en este espacio, parece que fue ayer cuando todo cuanto hacía esta pareja de enamorados le resultaba divertido y hasta innovador a un sector importante de la opinión pública. Esto último, lo del bebé adoptado que presumieron en Instagram, pasó en enero de este año. Todavía gozaban de las mieles del triunfo reciente. Unos meses atrás, Mariana se había cortado el pelo en una campaña contra el cáncer infantil. Todo perfecto. Lo publicitó en sus redes y, a cambio, se llenó de elogios: ven, así se hace política, poniendo el ejemplo.

Pero después, cuando llegó la parte real de la política, la que implica solucionar problemas, prevenirlos o (al menos) aceptarlos, García se retrató a sí mismo como un gobernador incapaz, victimista e irresponsable. Si la violencia de género que azota a su estado, si la crisis del agua, si problemas con la luz eléctrica, al gobernador ni lo miren. Es cierto que a Mariana Rodríguez no se le puede exigir en los mismos términos, pues no es funcionaria pública, pero toda la propaganda que hizo durante campaña, y la que hoy en día sigue haciendo, deja de manifiesto que una correcta comunicación política (que muchos vieron como la panacea de las redes sociales) nunca será suficiente para hacer política de verdad. De eso y de algo más sí que se le puede hacer cargo (junto a García): convertir las cosas importantes en un mero juego.

Queda claro que a Samuel García nunca le ha hecho falta dinero. Él mismo lo ha demostrado al presumir una y otra vez aquellos privilegios que, en su mente, constituyen la vida normal de la mayoría de los mexicanos. O al menos de los regios, población que él tanto se esmera en defender discursivamente aunque, en la frialdad de los hechos, no esté haciendo otra cosa que no sea hundirlos. Su mundo y sus perspectivas. García es el tipo de junior encumbrado en la política incapaz de ver más allá de su nariz.

Si no le hacía falta dinero ni influencia, como buen hijo de rico, ¿cuáles fueron sus motivaciones para entrar a nadar en las pútridas aguas de la política? Quizá ni él mismo lo tenga claro (lo cual no extrañaría a nadie, visto lo visto). Pero por lo que ha demostrado hasta ahora, y lo que ya había demostrado antes, ya se pueden identificar rasgos: quería atención, reputación, fama y un altavoz mediático. Los ricos y vanidosos nunca quieren callar.

Poco antes de que las bombas le empezaran a estallar en las manos al gobierno de García, ellos, gobernador y primera dama, todavía gozaban de la estima de un sinfín de mentes (a)críticas que los veían como unos simpáticos intrusos en la política. No, ellos no era como los otros. No eran aburridos ni grises. Porque en esta era de apariencias y conclusiones inmediatas, vale más saber usar Instagram que articular un argumento coherente. A nadie le importó el abanico de incapacidades e incomprensiones que siempre ha sido García. No lo suficiente como para evidenciarlo hasta el hartazgo para que todos pudieran verlo y, luego, mirarse al espejo para preguntar: ¿de verdad voy a votar por este tipo? El resultado, para reír y llorar, está a vista de todos. Todos los días.

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